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El gancho de izquierda


Deben ser las tres y media. O las cuatro. No sé. Hace ya tiempo que no miro la hora. Ni me preocupo por si ahí fuera, en la calle, hace frío o calor. Si llueve o hace sol. Si la farola que está junto al portal sigue sin encenderse por las noches.

No sé cuándo fue la última vez que salí a la calle, me puse otra cosa que no fuera el pijama, o comí algo que no fuera una lata de mejillones de marca blanca, que están asquerosos pero a mí me sirven.

A quién quiero engañar. Claro que lo sé. 

Desde que se fue ella.

Siempre pensé que no lo haría, que sus amagos eran simples llamadas de atención, una piedra tirada al mar. Eran un jab, no un gancho de izquierda.

Pero joder el día que me soltó el gancho de izquierda.

No lo vi venir y me aturdió tanto que ni siquiera fui capaz de decir nada mientras se ponía el abrigo, cogía la maleta (encima cogió mi maleta, que siempre le gustó más que la suya, hay que joderse) y cerró la puerta de la calle. Con portazo, claro. Por si el gancho de izquierdas no hubiera sido suficiente. Que ya me he enterado, mujer.

"Te dejo". Ése fue el gancho de izquierda. 

Si hubiera estado anestesiado en una sala de operaciones, con el pecho abierto y un cirujano sacándome el corazón, hubiera reaccionado con más desparpajo. Pero me quedé allí de pie, callado, mirando cómo ella se iba. Lo tenía preparado. Y planeado. 

Pues claro, eso siempre está planeado, imbécil.

Yo había abierto la puerta de casa 5 minutos antes, después de un día en el trabajo en el que lo más interesante fue que habían puesto café con sabor a vainilla en la máquina del curro. Me tomé un par, porque son adictivos (y seguramente venenosos). Recuerdo que pensé que el día no podía ir mal.

Llegué a casa, abrí la puerta y ella, sentada en el salón, apagó un cigarro en el cenicero nada más verme. No fumaba nunca, y menos en casa, aquí pasa algo y no es bueno. Muy perspicaz, Sherlock. No sé por qué mi atención se fijó antes en que no recordaba que teníamos cenicero que en las lágrimas que le caían por la cara. ¿Es el que compramos en Peñíscola? ¿No se había roto? Ah, no, calla, es el que nos dieron en la comunión de no sé quién. ¿Todavía se regalan ceniceros en las comuniones? Menuda estupidez. El cenicero, digo, no sus lágrimas. Hostia, que está llorando, atento.

"Te dejo". Dos palabras y una hostia directa al mentón.

Y desde entonces sigo en la lona, tratando de levantarme mientras la vida me cuenta hasta diez.


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