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Taxi


Recién cenado, como cada día desde hacía más años que los que podía recordar, se levantó de la mesa tras el último sorbo de agua, fue a la cocina, dejó el plato, ya recogeré mañana.

También como cada día se miró en el espejo pequeño, feo, sin gracia, que había en la entrada. Se colocó un poco el jersey, desgastado y feo como el espejo, se ajustó el cuello de la camisa y recordó que hace mucho tiempo por ese espejo pasaban otras personas. Ya no. 

Suspiró como un condenado a muerte cuando sube las escaleras del cadalso, cogió las llaves del taxi (el cadalso) y salió de casa. 

La noche en el taxi puede ser como una película de Berlanga o de David Lynch. A él casi siempre le tocaba Lynch, ya es mala suerte. Estaba harto de ir al aeropuerto a recoger guiris pánfilos, a esperar la salida de la última sesión del cine, de aguantar ya de madrugada a que salieran dos, tres, cuatro chavales mamados de algún bar para llevarlos con sus papás, haciendo de niñero, limpiando vómitos, aguantando risas de mierda y gilipolleces. Bueno, joder, hay que pagar la licencia. 

En esas estaba, a la puerta de un bar ya con el cierre a medio bajar, cuando salió aquel chaval. Coño, este parece normal, anda recto, y a estas horas es como cantar un bingo en el último sorbo de ron-cola del último cartón. 

El chaval vio el taxi, hizo un gesto, ¿se puede? Sí, claro, vámonos. Buenas noches. Buena noches. ¿Dónde vamos? Al centro, por favor. Vaya, ya podía haber sido una carrera más larga, este bingo no es de los gordos. Es difícil ligar a las 5 de la mañana y llevarte a la más guapa de la discoteca pero oye, a veces pasa.

Qué cojones, no pasa nunca.

Siempre esperaba a ver cómo era el cliente. Si se veía con ganas de hablar o qué. Nunca se sabe. Un día casi se da de hostias con un imbécil por hablar de política. Pero no, este no era de esos. Se limitó a mirar por la ventana, con cara de que le hubiera dejado la novia hace 5 minutos. Quizá fuera así.

Trayecto fácil. Chico sobrio, educado, sin tener que hablar con él. De puta madre. Los 25 pavos más fáciles de los últimos tiempos. ¿Tarjeta o efectivo? Tarjeta. Venga. Hablando de tarjeta, le voy a dar una de las mías, esas que me hice en El Corte Inglés al empezar y que ya están amarillas de viejas.

El chaval coge el recibo y la tarjeta. Va a salir del taxi, ya despreocupado, quizá pensando en la novia que acaba de dejarle o en si habrá filetes rusos fríos en la nevera. Pero tiene un pálpito y vuelve a mirar la tarjeta. Qué coño le pasa ahora a este, a ver si me va a dar el palo no me jodas, Dios me libre de los toros mansos.

Ambos se cruzan la mirada a través del espejo retrovisor interior, grande como una barra de pan. Sergio Leone estaría empalmado. Otro vistazo a la tarjeta, otro al retrovisor y de nuevo a la tarjeta. ¿Todo bien?, dice mientras con la mano izquierda ya roza la garrota que tiene a los pies. Sí… sí…, balbucea el chaval. Buenas noches entonces, venga coño que me estoy poniendo nervioso. 

– Buenas noches… Papá.

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